Los mitos duermen un sueño ligero. En esas ensoñaciones en la que todo es posible se cruzan quizá con las de la publicidad, que desde hace años sueña solo lo que no debería aparecer en un anuncio. Habituado a trabajar para tatuadores e iconografía militar, el dragón ha de ser el primer sorprendido de que le requieran para aparecer en la campaña de una aseguradora, y no como caricatura o reducción infantilizada. Es así como la marca que imprime este anuncio elige contar sus mensajes de confianza, respaldo y tranquilidad a través de un reptil gigantesco que escupe fuego, inspira horror y se alimentaría de empresas si pudiera masticarlas. Solo en eso recuerda a la publicidad actual, en nuestro país a dieta de nociones simples, banales y tópicas que solo aspiran a darlo todo bien masticado, incluso si con ello privan a la publicidad de dientes, y a quien ha de mirarla, de apetito.
Elias Canetti escribió sobre el miedo del hombre a ser tocado por lo desconocido. “La mano, convertida en garra, vuelve a utilizarse siempre como símbolo del miedo”. Reflexionó que solo entregado a la masa uno dejaba de temer el contacto, cuando todos son iguales entre sí. Podría estar hablando de los refugios frecuentes de la peor publicidad. Hace apenas veinte años un anuncio hacía bien en temer pasar desapercibido. Hoy es al contrario. No es el dragón lo que se teme sino que alguien levante la cabeza al ver en un anuncio algo que no debería estar ahí. Como si los símbolos a disposición de la publicidad -lo desconocido en los despachos de tantas marcas- solo pudieran ser tocados -elegidos- si el dragón es el de Juego de tronos o la trilogía de El hobbit, pero no tocarnos cuando no lo esperamos. Aunque esto último sea el objetivo, la única ventaja de un anuncio.
El Medioevo fue una era de significados literales en la que se creía en dragones aunque jamás se hubiera visto uno. Faltas de iluminación, las noches de esos siglos estaban pobladas de horrores, cuyo temor irracional dio también alas a las pesadillas que venían del catolicismo. El Bosco pintó ambas, a veces en el mismo lienzo. El panel izquierdo del Tríptico del carro de heno (1512-1515) alberga un enjambre de seres dotados de alas y de colas que jamás habrían existido de haber preguntado a sus clientes -monarcas y nobles del primer Renacimiento- qué deseaban ver estos en sus salones, o mostrar a sus invitados durante una cena. Parte también de un tríptico por llegar a lo largo del año, este anuncio pertenece asimismo a un museo, el de los días en el que la imagen y el texto podían permitirse no ser literales y aun así pedir ser mirados.