Hay una rara premisa en publicidad: aquellos de los que se espera que miren un anuncio nunca son los mismos que se sientan delante de un televisor para ver un mundial de fútbol. La publicidad dirigida a los primeros es, en 99 de cada 100 anuncios, invisible. Pensada para que nadie quiera verla, lo que va pidiendo es justo que la gente encienda el televisor para ver cualquier cosa menos un anuncio. Sin embargo todo aquello que lastra las decisiones en un departamento de marketing -la necesidad de significados literales, la tranquilidad que proporciona hacer lo mismo que todos los demás, la convicción de que la simplicidad extrema y los tópicos que la expresan son irrenunciables- desaparece (a veces) cuando quien te escucha viene de ver un partido de fútbol, o espera la llegada del siguiente. Es entonces cuando esa marca cómodamente instalada en la narcolepsia publicitaria descubre que puede permitirse guiños a los significados culturales que compartimos, fórmulas expresivas que incluyen el sentido del humor, la ironía o el sarcasmo. Es así como marcas como Citröen o Ahorramas, que no han hecho un buen anuncio en décadas, se permiten por un día la frescura, la capacidad de ser miradas por fin. Como cada cuatro años, la lección dura lo que la euforia compartida. Empleadas para vender muslos de pollo o un coche híbrido, ambas ideas serían descartadas por tomar a la ligera la gravedad que merece la marca. Los primeros en entenderlo son los consumidores de su publicidad. Desde mañana lo único que les interesa de ambas marcas es como nos irá en el próximo mundial.