jueves, 23 de julio de 2026

Que tu memoria izquierda no sepa lo que hace la derecha

¡

No deben pedírsele demasiados escrúpulos a la apropiación cultural. El Ayuntamiento que firma este cartel lleva un año largo empleando como eslogan el verso -donde se cruzan los caminos- de una canción firmada por Joaquín Sabina, Javier Krahe y Antonio Sánchez. No menos notorio, “Mírala” recuerda sin gran esfuerzo a la canción popularizada por Ana Belén y Víctor Manuel a mediados de los ochenta. Los tres primeros, los dos segundos y los cuatro autores de esta última canción se dejarían cortar un brazo antes de ser asociados a un gobierno de derechas como el que gobierna Madrid. El autor del cartel -magnífico- dudosamente ignora todo eso, y hace bien en no sentirse coartado por ese condicionante. En parte porque el añadido a esa palabra -como nunca la has visto- disuelve lo suficiente la referencia explícita. Transcurridos diez, veinte, o como en este caso, cuarenta años, los significados culturales que fueran de sus autores se han incorporado ya -o eso querrían- a la sociedad que los elevó. Litigios por derechos de autor aparte, ambas frases pertenecen ya al acervo popular. Parte del mérito de este cartel está en saberlo. 


 

lunes, 20 de julio de 2026

La persiana que se sube cada cuatro años



Hay una rara premisa en publicidad: aquellos de los que se espera que miren un anuncio nunca son los mismos que se sientan delante de un televisor para ver un mundial de fútbol. La publicidad dirigida a los primeros es, en 99 de cada 100 anuncios, invisible. Pensada para que nadie quiera verla, lo que va pidiendo es justo que la gente encienda el televisor para ver cualquier cosa menos un anuncio. Sin embargo todo aquello que lastra las decisiones en un departamento de marketing -la necesidad de significados literales, la tranquilidad que proporciona hacer lo mismo que todos los demás, la convicción de que la simplicidad extrema y los tópicos que la expresan son irrenunciables- desaparece (a veces) cuando quien te escucha viene de ver un partido de fútbol, o espera la llegada del siguiente. Es entonces cuando esa marca cómodamente instalada en la narcolepsia publicitaria descubre que puede permitirse guiños a los significados culturales que compartimos, fórmulas expresivas que incluyen el sentido del humor, la ironía o el sarcasmo. Es así como marcas como Citröen o Ahorramas, que no han hecho un buen anuncio en décadas, se permiten por un día la frescura, la capacidad de ser miradas por fin. Como cada cuatro años, la lección dura lo que la euforia compartida. Empleadas para vender muslos de pollo o un coche híbrido, ambas ideas serían descartadas por tomar a la ligera la gravedad que merece la marca. Los primeros en entenderlo son los consumidores de su publicidad. Desde mañana lo único que les interesa de ambas marcas es como nos irá en el próximo mundial. 


 

sábado, 18 de julio de 2026

Gilipolleces sin anuncio


La publicidad es una cámara de resonancia y las calles son sus paredes. En ellas reverberan los significados que un anuncio extrae y amplifica. Cada mensaje que una marca elige difundir existe ya entre quienes miran sus anuncios. Las marcas de joyería o de coches deportivos escogen como portavoces a quien ya lleva unas y conduce otros. El fútbol vende la concordia de los bares a quienes ya están en ellos. La religión ofrece consuelo a aquellos que llevan pidiéndolo desde que nacieron. La zafiedad existe antes de que la marca de este cartel decida apostar por ella: nos rodea en la política y en gran parte del periodismo consumido masivamente. El cuajo necesario para comparar la calidad de un café con la apetencia de una vagina o un orificio anal probablemente se basa en la certeza de que quien contemple el anuncio está familiarizado con ese tipo de vulgaridad, pongamos el símil frecuente entre un pepino y un pene grande, o el que equipara melones con pechos prominentes, algo que cualquiera que tome café a diario quizá comparte abiertamente con su familia o sus compañeros de trabajo a la hora del desayuno. Poco importa: el anuncio equivale -en ese mismo lenguaje- a poco más que tirarse un pedo delante de quienes no lo esperan. Dilapidada la credibilidad en la primera frase, cuando llega la importante -café cojonudo- la posibilidad de que eso sea cierto es ya igual de remota que la cualidad sospechosa del resto de sus decisiones. El corolario de mensajes tan directos -sin gilipolleces- es toda una promesa si se tiene en cuenta que lo único que significa esa frase es que la marca carece de medios para transmitir sus mensajes a mayor escala y por eso se ve obligada a imprimir el único lugar de la ciudad (y probablemente del mundo) en que se vende. “Sin gilipolleces” significa así, no que sus competidores utilicen medios fraudulentos o promesas falsarias para hacerse un hueco en las estanterías, sino el tan humano reconocimiento de que a veces la única forma de que te escuchen es parecer más gilipollas que los demás. 

sábado, 4 de julio de 2026

The drive to the logo


El medio que imprime este anuncio pide continuar viéndolo en su propia web. Pero imprime arriba -más discreto que en su habitualmente grosera versión española- una advertencia al lector: esto no forma parte del contenido de la revista, es solo material esponsorizado, algo que cualquiera que la lea habitualmente distingue en el acto. Es, sin necesidad de aclaraciones, un anuncio. Escrito y diseñado para serlo. Lo parece a cien metros. La marca que lo financia acepta pagar también precios más extraños: que lo más interesante de la imagen sea el inmenso Grant Hill. Y sobre todo, que el logo haya que buscarlo con atención (está en la parte superior izquierda, allí donde nadie lo ve). Los tópicos del titular conducen a la primera y asombrosa frase del texto de un producto que vende liderazgo a través del confort –“El liderazgo comienza donde termina el confort”. Sutil y elegante, la frontera editorial que comienza donde termina la publicitaria (y al revés) puede ser un camino ambiguamente señalizado. Y de ahí que la marca se vea transitándolo. 


 

lunes, 29 de junio de 2026

Día del orgullo sin orgullo


No es sencillo ser un gobierno de derechas y tener que compartir parte del ideario progresista porque el riesgo de no hacerlo es parecer indiferente o reactivo a los derechos civiles que incomoda a parte de su electorado. Es así como esta campaña ilustra el día del orgullo homosexual sin tener que mencionarlo. La idea es gráficamente estupenda en los tres visuales de que consta. Y lo que asombra de este anuncio es que nadie haya dicho a tiempo -por suerte- que un visual que muestra cosas de chupar es una apuesta innecesaria. Y es porque ese significado no está ahí puesto adrede, o subliminal. Que un anuncio pueda significar algo especialmente aberrante en un recóndito lugar de tu cerebro no quiere decir que sea culpa de lo que observas, sino del espacio y la credibilidad que concedes a lo aberrante. Otra cosa es pensar que una campaña que renuncia a nombrar una forma de orgullo sea consciente de uno aún más sutil.

 

domingo, 28 de junio de 2026

Una parte de aquello en lo que no creemos


Este es un anuncio sobre la incapacidad de un anunciante en creer en las metáforas, es decir, en los significados que comparte una sociedad. Por eso se imprimen el símbolo y su explicación, la metáfora -la punta del iceberg- y lo que significa: que, sea lo que sea lo que sabes de la marca, hay servicios, beneficios y consecuencias ambientales que son parte de su operativa. Se diría que sobra el símbolo o sobra su ilustración literal. Probablemente la agencia presentó solo lo primero y el anunciante dijo necesitar lo segundo. Es así como un anuncio desperdiciado más -hoy día casi todos- sirve para ilustrar el aire que respira los profesionales de la comunicación y el que ahoga a quienes les pagan por hacer mal su trabajo. 


 

sábado, 27 de junio de 2026

Jaulas para mensajes


Un anuncio tiene padres inciertos. Éste, colgado de una fachada en una de las calles más transitadas de Madrid, lo es de la costumbre ancestral del sector de hacer anuncios para un público concreto y acabar abriendo el mensaje para que quepa todo el mundo, incluidos aquellos que no tienen ningún interés en comprar lo que se les quiere vender. Y acaso haciendo el mensaje irrelevante -de tan genérico- para los que sí. Publicar una carta -no breve- en una lona del tamaño de un edificio es más un símbolo que un acto práctico dado que nadie sensato espera hoy que alguien vaya a leerla. Menos aún el anunciante, que ha impreso antes 38 palabras explicando todo aquello que hace innecesario seguir leyendo trescientas más. ¿Para qué entonces llenar todo ese espacio con algo pensado para no ser leído en medio de una calle? El titular es meramente un truco sensacionalista –“lo que nadie quiere que leas”- y la imagen de fondo, algo clásicamente pensado para no aportar nada, para no significar nada. También habría ayudado saber que en primavera, cuando se cuelga esa lona, el árbol de la izquierda impide ver qué es exactamente lo que se imprime. El mensaje clave es el que aparece arriba a la derecha. En el anuncio hay así dos víctimas enjauladas, y una es el mensaje.