lunes, 29 de junio de 2026

Día del orgullo sin orgullo


No es sencillo ser un gobierno de derechas y tener que compartir parte del ideario progresista porque el riesgo de no hacerlo es parecer indiferente o reactivo a los derechos civiles que incomoda a parte de su electorado. Es así como esta campaña ilustra el día del orgullo homosexual sin tener que mencionarlo. La idea es gráficamente estupenda en los tres visuales de que consta. Y lo que asombra de este anuncio es que nadie haya dicho a tiempo -por suerte- que un visual que muestra cosas de chupar es una apuesta innecesaria. Y es porque ese significado no está ahí puesto adrede, o subliminal. Que un anuncio pueda significar algo especialmente aberrante en un recóndito lugar de tu cerebro no quiere decir que sea culpa de lo que observas, sino del espacio y la credibilidad que concedes a lo aberrante. Otra cosa es pensar que una campaña que renuncia a nombrar una forma de orgullo sea consciente de uno aún más sutil.

 

domingo, 28 de junio de 2026

Una parte de aquello en lo que no creemos


Este es un anuncio sobre la incapacidad de un anunciante en creer en las metáforas, es decir, en los significados que comparte una sociedad. Por eso se imprimen el símbolo y su explicación, la metáfora -la punta del iceberg- y lo que significa: que, sea lo que sea lo que sabes de la marca, hay servicios, beneficios y consecuencias ambientales que son parte de su operativa. Se diría que sobra el símbolo o sobra su ilustración literal. Probablemente la agencia presentó solo lo primero y el anunciante dijo necesitar lo segundo. Es así como un anuncio desperdiciado más -hoy día casi todos- sirve para ilustrar el aire que respira los profesionales de la comunicación y el que ahoga a quienes les pagan por hacer mal su trabajo. 


 

sábado, 27 de junio de 2026

Jaulas para mensajes


Un anuncio tiene padres inciertos. Éste, colgado de una fachada en una de las calles más transitadas de Madrid, lo es de la costumbre ancestral del sector de hacer anuncios para un público concreto y acabar abriendo el mensaje para que quepa todo el mundo, incluidos aquellos que no tienen ningún interés en comprar lo que se les quiere vender. Y acaso haciendo el mensaje irrelevante -de tan genérico- para los que sí. Publicar una carta -no breve- en una lona del tamaño de un edificio es más un símbolo que un acto práctico dado que nadie sensato espera hoy que alguien vaya a leerla. Menos aún el anunciante, que ha impreso antes 38 palabras explicando todo aquello que hace innecesario seguir leyendo trescientas más. ¿Para qué entonces llenar todo ese espacio con algo pensado para no ser leído en medio de una calle? El titular es meramente un truco sensacionalista –“lo que nadie quiere que leas”- y la imagen de fondo, algo clásicamente pensado para no aportar nada, para no significar nada. También habría ayudado saber que en primavera, cuando se cuelga esa lona, el árbol de la izquierda impide ver qué es exactamente lo que se imprime. El mensaje clave es el que aparece arriba a la derecha. En el anuncio hay así dos víctimas enjauladas, y una es el mensaje.