La publicidad es una cámara de resonancia y las calles son sus paredes. En ellas reverberan los significados que un anuncio extrae y amplifica. Cada mensaje que una marca elige difundir existe ya entre quienes miran sus anuncios. Las marcas de joyería o de coches deportivos eligen como portavoces a quien ya lleva unas y conduce otros. El fútbol vende la concordia de los bares a quienes ya están en ellos. La religión ofrece consuelo a aquellos que llevan pidiéndolo desde que nacieron. La zafiedad existe antes de que la marca de este cartel decida apostar por ella: nos rodea en la política y en gran parte del periodismo consumido masivamente. El cuajo necesario para comparar la calidad del producto con la apetencia de una vagina o un orificio anal probablemente se basa en la certeza de que quien contemple el anuncio está familiarizado con ese tipo de vulgaridad, pongamos el símil frecuente entre un pepino y un pene grande, o el que equipara melones con pechos prominentes, algo que cualquiera que tome café a diario comparte abiertamente con su familia o sus compañeros de trabajo a la hora del desayuno. Poco importa: el anuncio equivale -en ese mismo lenguaje- a poco más que tirarse un pedo delante de quienes no lo esperan. Dilapidada la credibilidad en la primera frase, cuando llega la importante -café cojonudo- la posibilidad de que eso sea cierto es ya igual de remota que la cualidad sospechosa del resto de sus decisiones. El corolario de mensajes tan directos -sin gilipolleces- es toda una promesa si se tiene en cuenta que lo único que significa esa frase es que sus responsables carecen de medios para transmitir sus mensajes a mayor escala y por eso se ven obligados a imprimir el único lugar de la ciudad (y probablemente del mundo) en que se vende. “Sin gilipolleces” significa así, no que sus competidores utilicen medios fraudulentos o promesas falsarias para hacerse un hueco en las estanterías, sino el tan humano reconocimiento de que la única forma que se tiene para que te escuchen es parecer más gilipollas que los demás.
sábado, 18 de julio de 2026
Gilipolleces sin anuncio
La publicidad es una cámara de resonancia y las calles son sus paredes. En ellas reverberan los significados que un anuncio extrae y amplifica. Cada mensaje que una marca elige difundir existe ya entre quienes miran sus anuncios. Las marcas de joyería o de coches deportivos eligen como portavoces a quien ya lleva unas y conduce otros. El fútbol vende la concordia de los bares a quienes ya están en ellos. La religión ofrece consuelo a aquellos que llevan pidiéndolo desde que nacieron. La zafiedad existe antes de que la marca de este cartel decida apostar por ella: nos rodea en la política y en gran parte del periodismo consumido masivamente. El cuajo necesario para comparar la calidad del producto con la apetencia de una vagina o un orificio anal probablemente se basa en la certeza de que quien contemple el anuncio está familiarizado con ese tipo de vulgaridad, pongamos el símil frecuente entre un pepino y un pene grande, o el que equipara melones con pechos prominentes, algo que cualquiera que tome café a diario comparte abiertamente con su familia o sus compañeros de trabajo a la hora del desayuno. Poco importa: el anuncio equivale -en ese mismo lenguaje- a poco más que tirarse un pedo delante de quienes no lo esperan. Dilapidada la credibilidad en la primera frase, cuando llega la importante -café cojonudo- la posibilidad de que eso sea cierto es ya igual de remota que la cualidad sospechosa del resto de sus decisiones. El corolario de mensajes tan directos -sin gilipolleces- es toda una promesa si se tiene en cuenta que lo único que significa esa frase es que sus responsables carecen de medios para transmitir sus mensajes a mayor escala y por eso se ven obligados a imprimir el único lugar de la ciudad (y probablemente del mundo) en que se vende. “Sin gilipolleces” significa así, no que sus competidores utilicen medios fraudulentos o promesas falsarias para hacerse un hueco en las estanterías, sino el tan humano reconocimiento de que la única forma que se tiene para que te escuchen es parecer más gilipollas que los demás.
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