Encarnar un trazo de un logotipo -el bigote- en su consumidor es una traslación interesante en nuestro días, publicitariamente pacatos y pueriles. No hace tanto ese mismo gesto previsible -la cara lista para morder o tras hacerlo- podía transportar simultáneamente significados sociales -raciales, étnicos, religiosos- sin que a la marca se le atragantara. La sencillez de aquella premisa creada por DDB en los años sesenta -no necesitas ser de un territorio (geográfico o cultural) para amar la comida llegada de allí- viaja hasta nuestros días como una lección útil en un mundo que parece no necesitar la memoria de los fascismos de hace un siglo para añorarlos a través del voto.
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