Enumerar en un anuncio todo lo que no te atreves a ser fuera de él es un acto asombroso. Es esa coherencia la que multiplica los anuncios vacuos, hechos para que nadie quiera mirarlos: contienen exactamente lo mismo que esas marcas defienden en su discurso público. En la medida en que un gobierno está presente en todos los aspectos de la vida, su posición sobre temas delicados suele exigir -aquí y en todas partes- una equidistancia que es sencillo confundir con la renuncia a legislar sobre algo que tiene en contra -todo lo hace antes o después- a una parte de la población. Ese silencio tiene que ver con saber que el bando contrario describirá como prueba de sus convicciones el que la oposición diga que todas son válidas. La primera norma para no decidir algo es no pronunciar los límites de esa complejidad: que alguien de izquierdas pueda creer en Dios o alguien de derechas defender el derecho al aborto. Que defender la eutanasia no implica querer matar a nadie, ni ser homosexual conlleva aleccionar a alguien para que lo sea. Demandar estudiar en tu lengua regional no es una llamada a abandonar el idioma común. Ser monárquico no obliga a leer prensa delirante. Todo esto es obvio es una conversación privada en la que, salvo que los interlocutores sean unos cretinos, uno tiende a buscar puntos en común y no de desacuerdo.
Hablando de las ventajas de una democracia para unos y otros, este anuncio magnífico expone en realidad los límites que maniatan lo que una marca puede decir sin ser acusada de defender algo que beneficia a sus competidores. Cuando imprime “poder creer en Dios”, el anuncio gubernamental está dando pie a ser leído de forma necia que un partido de izquierdas no trata a la iglesia con la contundencia que merece. Al decir “poder ser de derechas” está dando a los más extremistas de ese lado político la oportunidad de decir que hasta un gobierno de izquierda recomienda serlo. “Poder divorciarte las veces que quieras” será leído por los fundamentalistas del catolicismo como una llamada a hacerlo. No faltará quien lea en “poder ser monárquico” la rendición de la izquierda de abolir esa institución anacrónica, propia de un país analfabeto. “Poder ser nacionalista, progresista o conservador” equivaldrá, a ojos de muchos, a que este gobierno está dispuesto a vender su alma sin importarle lo que reciba a cambio. Finalmente, “poder cuestionar este anuncio” podría ser, desde un punto de vista publicitario, la frase más asombrosa porque da por sentado esa quimera tenida por dogma de fe entre quienes no leen: que la atención de alguien llegará a las últimas palabras de un anuncio que imprime setenta y cuatro previas. Libre del miedo a los significados complejos, abiertos, múltiples, simultáneos y contradictorios que una sociedad como la nuestra ha renunciado a preservar, este anuncio se imprime pese a quien lo lee. Su libertad es inconcebible.
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